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Ilustración sobre las rubias peligrosas disfrazadas de cerveza

Posted on Oct 22, 2019 by in excluir de portada, Ilustración diseño, Ilustración grafica, VECTORIAL | 0 comments

 

 

Ilustración sobre las rubias peligrosas disfrazadas de cerveza realizada por Máximo Ribas

 

Ilustración sobre las rubias peligrosas disfrazadas de cerveza realizada por Máximo Ribas. Publicado en el número 334 de la revista Sobremesa.

¡AHÍ VIENE UNA RUBIA!

 

Texto: José Manuel Vilabella.

Ilustración: Máximo Ribas.

Qué peligrosas son las rubias; sobre todo si tienen las piernas largas. Siempre le he dicho al tinto, con el que me llevo bien y al que quiero como a un hijo, que su peligro natural no es el cándido vino blanco, como él creía, sino la cerveza, esa rubia voluptuosa y ligera de cascos que va a ser su perdición. El vino blanco, incluso el blanco gallego, anda el hombre encogidito y acomplejado desde que algún insensato dijo aquella tontería de que ‘los malos tintos empiezan donde terminan los buenos blancos’. Hay frases infames que se quedan prendidas en la memoria colectiva; sentencias injustas que terminan con el buen nombre de las gentes y de los caldos. ¿Y los rosados?, me preguntarán ustedes alarmados e intuyendo el significado de mi discurso. El rosado es incapaz de defenderse ante las provocaciones obscenas de la cerveza, la rubia avasalladora que con su falda corta, su liguero negro y su tacón de aguja le grita burlona: ¡Cállate mamón, que tienes cara de clarete! Y el pobre, que es un vino educado, fino y discreto, se queda apabullado, no le contesta y llora en silencio. El único que podría poner remedio al inevitable ascenso de la cerveza es el cava, pero el primo del champagne es muy suyo, cerril, tozudo y torpón y se empeña en aparecer allá por el mes de diciembre y retirarse a sus cuarteles de invierno cuando los reyes magos y el caganet se van pián pianito para la guerra atroz del Oriente, para luchar y morir con una metralleta en la mano.

     Los que entendemos de vino, los enólogos, sumilleres y críticos que dominamos nuestros respectivos oficios y diferenciamos el sublime caldo del tintorro que vende Asunción con una simple ojeada a la jeta del vino peleón, cuando hacemos un alto en la cata bebemos cerveza y la bebemos con ansia, como si nos fuese la vida en ello. Nosotros, las grandes narices del país, los que distinguimos con un simple olfateo procedencia, añada y tipo de uva, hemos colocado a los caldos de nuestros amores como si fuesen dioses o santos, los hemos elevado a los altares, los hemos sacralizado. El vino es, mal comparado, como la santa esposa que nos ha dado hijos y nietos y la cerveza, la rubia del liguero y de las braguitas diminutas, es el pendón desorejado, la querindonga que nos acompaña en nuestros devaneos imaginarios, la diosa de los ateos, la buena amiga de los descreídos, la compañera de viaje de los heterodoxos. ¡Ahí viene una rubia!, exclamamos cuando nos la sirve el camarero y le damos la bienvenida a la libertad y al desenfreno, a los sueños marchitos, a las locuras de la juventud.

 

 

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